El Estado es la gran ficción a través de la cual todo el mundo se esfuerza en vivir a expensas de todo el mundo.
Freédéric Bastiat
En democracia el poder se sostiene en la voluntad de la mayoría, y ésta se transforma con frecuencia en la más criminal tiranía contra la minoría –la inversión de papeles es una de las causas más comunes de ello, tanto cuando es real como cuando es mítica– porque en última instancia el ser humano busca aquello que le produce el goce y el disfrute y repele lo que le causa desdicha y el esfuerzo, pero inevitablemente el goce y el disfrute requieren del trabajo esforzado, con lo que la aspiración de lograr el máximo de resultados con el mínimo de esfuerzo, que es tanto como decir, el máximo de disfrute con el mínimo de trabajo, es la que mueve la inventiva y genera la eficiencia; pero eso de ser eficiente es, de por sí, el esfuerzo que más repele el común de los hombres. Queda pues como única alternativa cargar el esfuerzo sobre unos y el goce sobre otros, que es lo que hacen las tiranías de todos los tiempos en mayor o menor grado. Explicando ésto en su tiempo –el siglo antepasado– el gran economista francés Bastiat sostenía que: “Cuando los soldados victoriosos reducen a los vencidos a la esclavitud, han sido bárbaros, pero no han sido absurdos” absurdo explicaría él, es un pueblo que crea que el pillaje reciproco es menos pillaje por ser reciproco, y no lo es en absoluto si se ejecuta por ley y con orden mediante el poder del Estado. Pero tal absurdo creía el pueblo francés en tiempos de Bastiat, y tal creen hoy la mayoría de los pueblos del mundo, incluido el nuestro. Y por pueblo, me refiero simplemente a la inmensa mayoría de los habitantes, con total independencia de su condición social, pues dicha creencia falsa es tan frecuente en las capas altas, como medias y bajas, estando mucho más amplia y profundamente insertada –en Venezuela al menos– en las capas medias y altas que en las bajas.
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